Lo que creemos

La Biblia es la Palabra de Dios y tiene el conocimiento necesario para la salvación. (2 Timoteo 3:16,17)
 
Hay un Dios: El Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo—una unidad de tres Personas co-eternas. (Mateo 28:19)
 
Dios el Padre es el Creador y Sostenedor de toda la creación. (Génesis 1:1)
 
Dios el Hijo eterno fue encarnado en Jesucristo, quien sufrió y murió voluntariamente en la cruz por nuestros pecados y en nuestro lugar, fue resucitado de los muertos y ascendió a ministrar por nosotros en el santuario celestial. Él vendrá otra vez en gloria para la liberación final de su pueblo y la restauración de todas las cosas. (Juan 1:1-3, 14; 1 Corintios 15:3,4; Hebreos 2:17,18; Juan 14:1-3)
 
Dios el Espíritu eterno actuó con el Padre y el Hijo en la creación y la encarnación. Él inspiró a los escritores de las Escrituras, y Él atrae y convence a los seres humanos, guiándolos a toda verdad. (Génesis 1:1,2; Lucas 1:35; 2 Pedro 1:21; Juan 15:26, 16:7,8)
 
Toda la humanidad está involucrada en el gran conflicto entre Cristo y Satanás con respecto al carácter de Dios, su ley, y su soberanía. Este conflicto comenzó en el cielo cuando un ser creado se exaltó a sí mismo, convirtiéndose en Satanás, el enemigo de Dios, y guió una porción de los ángeles a la rebelión. Entonces indujo a Adán y a Eva a pecar. Este mundo, observado por toda la creación, llegó a ser el arena del conflicto universal, en el cual el Dios de amor finalmente será vindicado. (Apocalipsis 12:7-9, 12; Génesis 3; 1 Corintios 4:9)
 
Guiados por el Espíritu, sentimos nuestra necesidad, reconocemos nuestra pecaminosidad, nos arrepentimos de nuestras transgresiones, y ejercemos fe en Jesús como Cristo y Señor, como Sustituto y Ejemplo. Por Cristo somos justificados y adoptados como hijos e hijas de Dios. Por el Espíritu nacemos de nuevo, somos santificados y recibimos el poder para vivir una vida santa, y entonces tenemos la certeza de la salvación. (Juan 3:3, 16; Efesios 2:8-10; Hebreos 8:10, 12)
 
La iglesia se compone de creyentes que confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador. Somos llamados del mundo y nos unimos para la adoración, el compañerismo, la instrucción en la Palabra de Dios, el servicio a toda la humanidad, y la proclamación del evangelio al mundo. (Hechos 2:36-47; Mateo 28:19, 20)
 
Sin embargo, en los últimos días—un período de apostasía general—un remanente ha sido llamado para guardar los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Este remanente anuncia la llegada de la hora del juicio, proclama la salvación por medio de Cristo, y anuncia la cercanía de su segundo advenimiento. (Apocalipsis 12:17, 14:6-12, 18:1-4)  
El bautismo es un símbolo de nuestra unión con Cristo, del perdón de nuestros pecados, y nuestra recepción del Espíritu Santo. Es por inmersión en agua y depende de nuestra fe en Jesús y la manifestación de nuestro arrepentimiento del pecado. Sigue la instrucción en las Sagradas Escrituras y la aceptación de sus enseñanzas. (Mateo 3:13-17; Hechos 8:35-39, 16:30-33; Romanos 6:3-6)
 
El don profético es una señal que identifica la iglesia remanente y fue manifestado en el ministerio de Elena G. White. Sus escritos son una fuente continua y autorizada de verdad que otorga a la iglesia consuelo, dirección, instrucción, y corrección. También aclaran que la Biblia es la norma por la cual toda enseñanza y experiencia deben ser probadas. (Apocalipsis 12:17, 19:10)
 
Los Diez Mandamientos expresan la voluntad de Dios respecto a la conducta humana y tienen vigencia sobre todo ser humano en todas las edades. Toda salvación es por gracia y no por obras, pero su fruto es obediencia a los mandamientos. Esa obediencia demuestra nuestro amor por el Señor y nuestro interés por nuestros prójimos. (Éxodo 20:1-17; Mateo 5:17-19; 1 Juan 5:2,3)
 
El Creador, después de los seis días de la creación, descansó el séptimo día e instituyó el sábado para todo ser humano como una conmemoración de la creación. El cuarto mandamiento de la ley inmutable de Dios requiere la observancia del séptimo día sábado como un día de reposo, adoración, y ministerio en armonía con las enseñanzas y practica de Jesús, el Señor del sábado. (Génesis 2:1-3; Éxodo 20:8-11; Lucas 4:16; Mateo 12:1-12, 24:20; Marcos 2:27,28; Hebreos 4:1-11; Isaías 66:22,23)
 
Reconocemos que Dios es Dueño de todo cuando devolvemos el diezmo (10% de los ingresos) y damos ofrendas para la proclamación del evangelio y el sostén de su iglesia. (Malaquías 3:8-12; Mateo 23:23)
 
Nuestros pasatiempos debieran cumplir con las normas más altas del cristianismo. Nuestra vestimenta debiera ser sencilla, nítida y recatada, porque la verdadera belleza no consiste del adorno exterior, como las joyas. Juntamente con el ejercicio adecuado y el descanso, debiéramos adoptar la dieta más saludable posible y abstenernos de los alimentos inmundos identificados en las Escrituras. Ya que las bebidas alcohólicas, el tabaco, y el uso irresponsable de las drogas y narcóticos, son dañinos para nuestros cuerpos, debiéramos abstenernos de ellos también. (1 Juan 2:15-17; 1 Pedro 3:3, 4; Levítico 11; 1 Corintios 6:19, 20)
 
Cristo fue inaugurado como nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor cuando ascendió. En el 1844, al concluir el período profético de los 2300 días, Él comenzó la segunda y última fase de su ministerio de expiación, del cual la purificación del santuario hebreo en el Día de la Expiación era un símbolo. (Hebreos
8:1-5; Daniel 8:13, 14; Levítico 16)
 
La segunda venida de Cristo será literal, personal, visible y mundial. Los justos muertos serán resucitados, y junto con los justos vivos serán glorificados y llevados al cielo; pero los injustos morirán. El cumplimiento casi completo de la mayoría de las profecías, junto con la condición actual del mundo, indican que el retorno de Cristo es inminente. (Juan 14:1-3; Hechos 1:9-11; Apocalipsis 1:7; 1 Tesalonicenses 4:13-18; Mateo 24)
 
La muerte es un estado inconsciente para todo ser humano. Cuando Cristo aparezca, los justos resucitados serán glorificados y llevados a unirse con su Señor. La resurrección de los injustos se llevará a cabo mil años más tarde. (Eclesiastés 9:5, 6; Salmo 146:3, 4; Juan 11:11-14; 1 Corintios 15:1-54; Apocalipsis 20:1-10)
 
El milenio es el reino de mil años de Cristo con sus santos en el cielo, entre la primera y segunda resurrección. La tierra quedará completamente desolada, sin habitantes humanos vivientes, ocupada por Satanás y sus ángeles. Al terminar ese período, Cristo con sus santos y la Ciudad Santa descenderán del cielo a la tierra. Entonces los muertos injustos serán resucitados y, junto con Satanás y sus ángeles, rodearán la ciudad. Pero el fuego de Dios los consumirá y purificará la tierra. (Apocalipsis 20; Jeremías 4:23-26; Apocalipsis 21:1-5)
 
En la Tierra Nueva, Dios proveerá un hogar eterno y un ambiente perfecto para los redimidos. Ya no habrá más ni sufrimiento ni muerte. El gran conflicto habrá terminado y no habrá más pecado. (Apocalipsis 21:1-7, 22:1-5)