Una gran obra
por Ernie Knoll
8 de diciembre de 2007
En mi
sueño, estoy parado en un campo grande con hierba verde. Me
recuerda el sueño “El Viejo portón gris” donde la hierba
era muy verde y el aire era fresco. Hay muchos otros
trabajando en el campo, pero pareciera que el trabajo que
estamos haciendo no da resultado.
De repente, se oye mi nombre celestial y un ángel desciende
del cielo. Al aterrizar, sus alas se doblan, se doblan, y
se vuelven a doblar dentro de su espalda. Al acercarse,
sonríe y reconozco sus hoyuelos. Es el Heraldo. Se me
acerca y yo le digo que lo he extrañado y que ha pasado
tiempo. Me dice que ellos (los ángeles) han estado ocupados
con muchas preparaciones. Le pregunto si él fue el que le
habló a la dama llamada Candace [Testimonios sobre
intervenciones divinas en el sitio internet
www.parasupueblo.com]. Me dice que no, pero que muchos
ángeles están preparando a muchas personas para el regreso
del Rey, y que él ha sido enviado para mostrarme algo muy
importante.
El Heraldo pide mi mano derecha y entonces sus alas se
desdoblan de sus espaldas. Comenzamos a ascender por el
aire. Al volar hacia arriba, le digo que tengo otras
preguntas que he querido hacer. Me dice que Dios conoce
todas nuestras preguntas. Le pregunto del libro Concesión
paulatina y que ese libro ha sido mencionado tantas veces
en mis otros sueños. Le pregunto por qué ese libro no está
disponible a tantos que lo quieren leer. Me contesta que
Dios lo sabe y que Él se encargará de proveer ese libro
cuando llegue el momento apropiado y lo hará de la manera
que Él vea mejor. Le pregunto si él o algunos de los otros
ángeles han estado dando ese libro a ciertos individuos que
lo necesitan. Me responde que Dios provee las cosas
necesarias cuando llega el momento de necesidad. El Heraldo
me dice que Dios ha escuchado las muchas oraciones de
individuos que han orado respecto a ese libro y que cuando
el Gran Creador esté listo, Él lo proveerá, pero será a su
manera.
Llegamos el Heraldo y yo al pasillo y él me dice,
“Sentémonos aquí un momento. Ahora debo mostrarte algunas
cosas muy privadas. No debes divulgar la identidad de quien
te voy a mostrar. Es muy importante para la obra que está
por delante de aquéllos que forman “los que son”. Nosotros
(los ángeles) hemos estado trabajando y pronto ustedes que
constituyen “los que son” comenzarán su labor. Pero ustedes
no están listos. Fíjate en los detalles de lo que te voy a
mostrar y ayuda a enseñar a otros. Me sonríe y dice, “Hay
una gran obra por hacer. Recuerda que el universo entero
está observando estos momentos finales importantes.”
El Heraldo se pone de pie, atravesamos una pared y entramos
a un cuarto. Ahora veo a familias sentándose para comer. Me
explica que ellos no saben que nosotros estamos ahí. Me doy
cuenta que es una comida especial para una ocasión
especial. Los alimentos puestos sobre la mesa son los que
uno esperaría de una persona mundana. Los individuos se
toman de la mano y se ofrece una oración que es una burla
al Creador del universo. Observo mientras se sirven la
comida. El Heraldo dice, “Presta atención a los detalles.
Nota que están ingiriendo como combustible cosas que “los
que son” no debieran comer. Observo mientras se atracan en
el nombre de un día especial. El Heraldo dice que yo debo
entender y compartir con otros la importancia de lo que se
me está mostrando.
Me pide que le diga las cosas que les veo comer. Le digo
que veo que lo principal es algo que antes era una creación
de Dios. El Heraldo me llama por mi nombre celestial y me
dice, “Tienes que mencionar en detalle lo que ves que están
comiendo. Necesito que me digas lo que les ves comer.” Le
digo que veo que han preparado para comer un pavo con
relleno. Me pregunta, “¿Cuáles otros detalles ves?” Le
contesto que veo papas y salsa. Me dice que note que la
salsa está llena de grasa y que también ha sido hecha de
partes de un animal muerto. Le digo, “Pero también hay
vegetales.” Él me pregunta, “Pero, ¿qué de los vegetales?
Fíjate que han sido elaborados y cubiertos con aceites y
mantequillas, entonces se les han añadido especias para
dales sabor. Fíjate también que esos artículos han sido
cocinados tanto que han perdido lo nutritivo. Veo tazones
grandes con distintas clases de nueces que no están en su
estado natural. Han sido tostadas y algunas tienen una capa
de miel o de azúcar. Otras están cubiertas de un sabor
picante.
El Heraldo me pregunta, “Dime, ¿qué más ves?” Le
contesto que veo distintas clases de panes y pastelillos
con una variedad de mermeladas y jaleas. Me pide que me
fije en la bebida que tienen. Algunos tienen un jugo común,
pero otros se han servido un jugo fermentado. Veo tazas de
café aguardando estimularlos para que puedan seguir
comiendo. El Heraldo me pide que vaya a ver lo que tienen
para más tarde. Vamos a otro cuarto y veo una variedad de
pasteles—de calabaza, manzana, cereza, limón y banana. Me
pide que me fije que para todos esos pasteles, han provisto
algo para ponerle encima. También hay muchas clases de
galletitas dulces y caramelos. Me pide que note que también
tienen helado. Abro el congelador y veo que tienen casi
todos los sabores.
Regresamos a las mesas y los observamos comer y comer.
Algunos tienen que zafarse el cinturón para que les quepa
la barriga hinchada. Entonces el Heraldo me dice que me
fije en el reloj. Las manos se mueven rápidamente y cuando
vuelvo a mirar, todos se han ido. Cuando pregunto dónde
están, él me dice que me lo mostrará. Caminamos por la casa
y todos están durmiendo y engordando después de su fiesta.
Él dice que ya tenemos que irnos. Regresamos al pasillo y
el Heraldo dice que el pueblo de Dios ha pedido el Espíritu
Santo, pero ¿cómo puede Dios derramar su Espíritu en
vasijas dormidas?
Ahora el Heraldo me dice, “Ven. Quiero mostrarte algo.”
Atravesamos el pasillo y llegamos a un campo donde viven
caballos bravíos. Me dice, “Estos caballos no le
pertenecen a nadie y sólo los alimenta el Gran Creador.
Fíjate como corren.” Observo mientras corren y parece que
tienen una fuerza y energía tremendas. El Heraldo me
pregunta en qué condición yo creo que esos caballos
estarían si viviesen y comiesen como el grupo que acabo de
ver.
El Heraldo entonces me dice que vaya con él a ver otra
cosa. Atravesamos la pared y nos encontramos con un hermoso
automóvil deportivo. Es un auto tipo exótico que cuesta
muchos miles de dólares. Me pide que observe mientras el
chofer prende el auto. Instantáneamente, el motor se pone a
marchar. El chofer lo engrana y acelera lentamente a la
pista. Ahora corre muy rápidamente. Regresa, sale del carro
y con mucho cuidado limpia el acabado hermoso con una
toalla suave. Entonces recoge un recipiente de gasolina de
alta calidad y cuidadosamente se la pone al carro.
Entonces el Heraldo me dice que vaya con él para
mostrármelo de una manera distinta. Atravesamos la pared,
cruzamos el pasillo y volvemos a donde acabábamos de estar.
El chofer va hacia ese carro hermoso y le echa gasolina
barata. Entonces le echa botellas de gaseosas, tés con
cafeína, y una cafetera grande llena de café. Le mete
muchos postres, hamburguesas, comida rápida, papitas
fritas, burritos, emparedados de pollo y pavo y perros
calientes. Entonces le echa al tanque un saco de diez
libras de azúcar. Ahora el chofer saca botellas de aditivos
para el combustible que parecen vitaminas y las echa dentro
del tanque. Entonces da la vuelta al auto y se mete. Trata
de arrancar el auto, y éste comienza a brincar, toser y
arrojar humo. Por fin arranca y mientras se va, petardea y
echa humo.
El Heraldo se vuelve hacia mí y dice, “El creador de ese
auto diseñó una máquina de carreras perfecta. El chofer
decidió echar al tanque el peor tipo de combustible, en vez
del mejor. Observo mientras el auto se dirige hacia un
garaje donde un mecánico pueda hacerle arreglos. El Heraldo
me dice que tan pronto como el mecánico arregle el auto, el
chofer le volverá a meter otras cosas.
Al regresar al pasillo, el Heraldo todavía me tiene de la
mano. Nos sentamos mientras me explica que ahora es el
momento cuando “los que son” deben corregir sus dietas.
Tenemos una gran obra por delante y las cosas con las
cuales nos hemos alimentado prohibirán la obra del Espíritu
Santo. Tenemos que dejar de comer cualquier cosa viviente
que Dios ha creado que vuele, camine o nade. Tenemos que
dejar a un lado y evitar los postres de la vida y usar el
ejemplo del caballo y el auto para mostrarnos cómo
debiéramos alimentarnos.
Ahora el Heraldo me dice, “Ven. Quiero mostrarte algo
que has visto antes.” Nos paramos y atravesamos la pared.
Al instante sé dónde estamos. Éste es el sueño que tuve de
nuestra primera comida en el cielo (A la mesa). Estoy allí
solamente como un observador. La mesa es larga y todos se
reclinan sobre sus costados. Las cosas que vi son demasiado
maravillosas para decir con palabras. El Heraldo dice que
quiere que yo note las cosas que han sido puestas en la
mesa. Veo esparcida una variedad de alimentos. Hay cosas
que parecen bananas, manzanas, naranjas, peras, uvas, y
cerezas. Hay un surtido de hojas de varios colores. Veo un
conjunto de flores para comer, como también para disfrutar
de su belleza. Hay toda clase de nueces peladas y distintas
clases de granos cosechados de los campos celestiales.
El Heraldo me llama por mi nombre celestial y me dice que
mire a lo largo de la mesa. Veo a Jesús como si estuviera
caminando por el medio de la mesa y acercándose hacia mí.
Está vertiendo de un jarrón grande en copas de oro puro
enmarcadas de plata. El Heraldo me informa que cada uno de
los que está sentado a la mesa tiene su nombre grabado en
su copa. Sus nombres también están escritos en la mesa.
Jesús se detiene, me mira y dice, “Le he pedido a mi
Heraldo que te muestre las cosas que tengo. Quiero que te
fijes en la fiesta que he preparado para ustedes aquí. No
se parece en nada a la fiesta que tienes ahora. Tengo
tantos deseos de trabajar con mi pueblo, pero no puedo. Les
he pedido que preparen una vasija donde pueda verter mi
Espíritu, pero no lo han hecho. Pronto tendré que comenzar
una gran obra. Ya la he comenzado con mis ángeles, quienes
están haciendo una gran labor.”
Miro a la mesa y pregunto si me puede dar una flor u hoja
de la mesa. El Gran Anfitrión me llama por mi nombre
celestial y dice, “Debes permanecer fiel a mí y pronto
esto, y mucho más, será para deleite tuyo. A aquéllos ‘los
que son’, les pido de favor que vengan a comer a mi mesa.
Escojan ahora cómo van a vivir.” Una vez más me llama por
mi nombre celestial y dice, “Quiero que compartas con otros
lo que te he mostrado.” Jesús mira al Heraldo y le dice,
“Gracias.”
El Heraldo y yo regresamos al pasillo. Nos sentamos y yo
comencé a llorar. Él me dijo, “Sé que esto es duro, pero
pronto, si eres fiel, verás al Gran Anfitrión.” Me dice que
de todos los cambios, la dieta es lo más difícil de
cambiar, pero que tenemos que hacer el cambio. Pronto el
Gran Sanador quiere que obremos como sanadores. No podemos
servirle si estamos enfermos como el automóvil.
El Heraldo dice, “Se me ha dicho que debes leer algo, y yo
te ayudaré a encontrarlo para que puedas compartirlo con su
pueblo.” Me dice que Jesús instruyó a su profetisa, Elena
de White, que escribiera lo que ahora aparece en el libro
Consejos sobre el régimen alimenticio. Él dice, “Ese libro
tiene información que debe ser leída y comprendida. Ya te
he mostrado ese libro y ahora estás empezando a comprender
su importancia. Pronto se cumplirá un año desde que el Gran
Sanador te sanó a ti. Todo el cielo se regocija con el
milagro que Él obró y los frutos maravillosos que ya han
resultado gracias a tu sanidad. A causa de tu sanidad
muchos han regresado a andar con Dios por medio de los
mensajes que has compartido. También muchos ya descansan
después de conocer y creer los mensajes. Ellos se
despertarán para ver a Jesús venir en las nubes. Aquéllos
que sufren de problemas serios de salud estarían bien si
tan solo cambiasen la manera como comen. Con el tiempo, el
cuerpo puede sanarse, y lo hará, por medio del poder del
Gran Sanador. Ya te he mostrado, y ahora debes escribir lo
que Elena de White escribió para preparar a aquéllos que
aún están aprendiendo. Por favor, comparte este mensaje del
Padre.”
Consejos sobre el régimen alimenticio, p. 18
“Nuestro Salvador advirtió a sus discípulos que
inmediatamente antes de su segunda venida existiría un
estado de cosas muy similar a lo que precedió al diluvio.
El comer y beber sería llevado al exceso, y el mundo se
entregaría al placer. Este estado de cosas es el que existe
hoy. El mundo está mayormente entregado a la complacencia
del apetito; y la disposición a seguir costumbres mundanas
nos esclavizará a hábitos pervertidos: hábitos que nos
harán más y más semejantes a los moradores de Sodoma que
fueron condenados. Me he admirado de que los habitantes de
la tierra no hayan sido destruidos, como la gente de Sodoma
y Gomorra. Veo que existe suficiente razón que explica el
estado de degeneración y mortalidad imperante en el mundo.
La pasión ciega controla la razón, y en muchos casos toda
consideración elevada es sacrificada a la lujuria.
El conservar el cuerpo en una condición sana, a fin de que
todas las partes de la maquinaria viva actúen
armoniosamente, debe ser el estudio de nuestra vida. Los
hijos de Dios no pueden glorificarlo a Él con cuerpos
enfermos o mentes enanas. Los que se complacen en cualquier
clase de intemperancia, ora sea en el comer o beber,
malgastan su energía física y debilitan su poder moral.”
Entonces, el Heraldo me dice que es hora de que regresemos,
porque hay una gran obra que debo hacer. Atravesamos el
lado del pasillo y descendemos a la tierra. Al aterrizar,
volvemos al campo verde donde comenzamos. El Heraldo dice
que ahora debemos trabajar y prepararnos, pero que no lo
podemos hacer solos. Siempre debemos clamar a Jesús y Él
nos ayudará.
El Heraldo de un paso hacia atrás y dice, “Pronto volveré a
visitarte, porque hay una obra grande por hacer.” Miro
hacia abajo y noto que en el campo lleno de hierba
comienzan a brotar muchas hermosas flores silvestres.
Cuando los demás individuos en el campo verde comienzan a
caminar, comienza a crecer una variedad de flores.
1 Corintios 6:19
"¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu
Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte
de Dios? Ustedes no son sus propios dueños."
1 Corintios 10:31
"En conclusión, ya sea que coman o beban o hagan cualquier
otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios."
Proverbios 23:3
"No codicies sus manjares, pues tal comida no es más que un
engaño."
Filipenses 3:19
"El fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el
vientre, y cuya gloria está en su vergüenza. Sólo piensan
en lo terrenal"