Sé firme
5 de febrero de 2008
por Ernie Knoll
[Favor de tomar nota que una porción de este sueño no
es apropiada para niños pequeños o individuos muy
sensibles. Más adelante en el sueño hay un aviso acerca de
esto.]
Jalo la
puerta para asegurarme que se cierra, porque en esta
temporada del año es algo difícil cerrarla. Le doy vuelta a
la llave para trancar la puerta. Al descender por las
gradas, cierro mi abrigo, porque la mañana está fría. Más
adelante en el camino veo un vecino a quien conozco. Me
saluda con la mano y yo lo saludo también. Al caminar hacia
mi auto, mi mente repasa todas las diligencias que tengo
que hacer. A la distancia en la autopista puedo oír la
sirena de una ambulancia. Oro brevemente por lo que puede
ser una emergencia, para que el ojo vigilante de Dios sea
con el accidente. Oigo los pájaros cantando y miro hacia
arriba para ver varios pájaros en el árbol. Medito sobre el
Dios tan amoroso que tenemos que cuida aun estas pequeñas
criaturas durante el invierno crudo. Cuánto más nos ama y
cuida a nosotros. [1]
De repente alguien llama, “Pastor Knoll.” Me doy vuelta y
veo a una mujer caminando hacia mí. No la conozco ni creo
haberla visto antes. Ella dice que ha estado orando
diligentemente a Dios acerca de un hombre con quien entabló
amistad hace un tiempo. Me explica que ella quiere que yo
le pregunte a Dios qué debe hacer. Ella necesita saber si
debe contraer matrimonio con él, o no. Yo le explico, “Dios
escucha sus oraciones tanto como escucha las mías. Aunque
sabemos que se casarán y se darán en casamiento hasta el
día que Cristo venga, esto es algo que usted debe llevar
directamente a Jesús y pedirle dirección a Él. [2] El Espíritu Santo le mostrará lo que debe
hacer, pero debe tener fe y paciencia. No permita que las
emociones gobiernen su corazón. Permita que el Espíritu
Santo le muestre lo que Dios ve que es mejor para usted.”
Antes de irse, me dice que va a llevar el asunto a Jesús en
oración y a esperar con fe que Él le muestre lo que debe
hacer.
Al seguir caminando hacia mi auto, veo a un hombre
caminando hacia mí que reconozco de mi sueño de la Librería
Adventista. Es el Heraldo vestido como un hombre común. Me
mira, me sonríe y me llama por mi nombre celestial.
Confundido, le pregunto por qué lo estoy viendo y por qué
me está llamando por mi nombre celestial cuando no estoy
soñando. Mientras lo miro, su fisionomía cambia a la de un
ángel. Es bastante alto; su cabello es blanco y lo tiene
peinado hacia atrás. Su rostro demuestra mucha paciencia, y
su aspecto es muy noble. Su piel parece bronceada. Lleva
una vestimenta blanca que parece niebla, pero puedo ver
dobleces, como si fuera tela. Sus alas salen de su espalda
y se desdoblan, se desdoblan, y se vuelven a desdoblar.
Miro a su rostro y me sonríe. Nuevamente puedo ver los
hoyuelos en sus mejillas y lo reconozco. Le vuelvo a
preguntar por qué lo estoy viendo y oyendo llamarme por mi
nombre celestial fuera de un sueño. Me sigue sonriendo y me
vuelve a llamar por mi nombre celestial como para confirmar
quién él es. Me explica que Dios escucha todas las
oraciones y que Él contesta las oraciones, pero a su
manera. Me dice, “Hasta este punto, lo que has
experimentado desde que cerraste tu puerta hasta este
momento es un sueño, el resultado de respuestas a oraciones
especificas de tus hermanos y hermanas al Padre en el
nombre de tu Salvador.”
Entonces el Heraldo me pregunta, “¿Me das tu mano?”
Le extiendo mi mano derecha. Ascendemos y ahora estamos en
el pasillo. Me dice, “Por favor, siéntate aquí unos
momentos.” Le pregunto si desde hace varios meses yo he
estado recibiendo sueños que no recuerdo, excepto una
pequeña parte. Me explica que el Padre me ha mostrado
muchas cosas a lo largo de los últimos meses y que ahora es
tiempo de mostrarme lo que debo compartir con su pueblo.
Dice que es necesario comprender estas cosas, porque
constituyen un mapa de lo que debemos anticipar. No debemos
desanimarnos, sino saber que de la misma manera que nuestro
Padre conoce el principio, Él también conoce el fin. El
Heraldo se pone de pie y me dice que me aferre a mi valor,
porque ahora me va a mostrar cosas que tienen que pasar. Me
repite que tiene mucho que mostrarme.
Comenzamos a caminar a través de la pared del pasillo. Al
otro lado veo que estamos a una gran altura en el cielo,
como si fuéramos aves volando, observando nuestro país. Veo
desencadenarse destrucción sobre la faz de la tierra.
[3] Grandes objetos redondos, ardientes
golpean ciertas ciudades, los cuales destruyen a todos los
que viven allí. Estos objetos redondos hacen estremecer la
tierra. Otras ciudades, centenares y centenares de millas
de distancia de donde las ciudades fueron destruidas,
comienzan a temblar y los edificios caen, desplomándose a
la tierra. Veo explosiones con un calor tremendo y fuego
saliendo de la tierra. A través de muchas áreas corre algo
que parece fuego líquido. Ese líquido consume todo lo que
atraviesa. Veo fuego subir hacia el cielo, como si fuera
una fuente de agua, excepto que está ardiendo. [4] A través de todo el país veo ciertas ciudades
destruidas de una manera inconcebible.
Aunque no puedo ver otras partes del mundo, sé que las
cosas que estoy viendo frente a mis ojos también se están
llevando a cabo allá. Para poder ver mejor, descendemos más
cerca a cierta ciudad. Observo vehículos chocando en las
carreteras y autopistas. Se abren inmensas grietas en las
carreteras donde van automóviles y camiones. Pareciera que
la carretera ha sido desgarrada. En otras partes, veo las
carreteras arrugarse y el pavimento amontonarse, un pedazo
encima del otro, pavimento sobre pavimento. Volteamos y veo
grandes aeropuertos. Las pistas de aterrizaje desaparecen
dentro de la tierra, y los aviones no tienen dónde
aterrizar. Entonces me lleva a otras áreas que están menos
pobladas y la gente allí no sufre daño alguno. Le pregunto
al Heraldo si me permite relatar cuáles ciudades. Me
contesta, “No, eso no se permite.” Me explica que cada uno
debe aprender la dirección del Espíritu Santo sobre dónde
Dios desea que vivan. Entonces me dice, “Ven, tengo más que
mostrarte.”
El Heraldo y yo regresamos al pasillo y pausamos un corto
tiempo. Me explica, “El pueblo de Dios debe entender que lo
siguiente que te voy a mostrar tiene que pasar. Dios está
en control.” Atravesamos la pared y ahora veo muchos
servicios fúnebres simultáneos. Sé que muchos ancianos han
pasado al descanso. También se me muestra que muchos niños
y bebés pasan al descanso. El Heraldo me explica que esto
es por el amor de Dios, que hay que comprender que ellos
han pasado al descanso para que no tengan que soportar los
tiempos que se nos aproximan. [5] Veo a
las madres despedirse de sus hijitos pequeños o recién
nacidos. Miran hacia arriba y lloran al Padre preguntando
por qué. El Heraldo me mira y dice, “Si esa madre es fiel,
ese niño le será devuelto a sus brazos, y ella lo criará en
el cielo.” [6] Observo mientras adultos se
despiden de sus padres y abuelos. Muchos lloran muy
acongojados. El Heraldo me dice, “Ellos deben comprender
que es por un tiempo corto, pero si ellos y aquéllos de
quienes se despiden son fieles a su Salvador, gozarán en el
cielo por la eternidad. Será una reunión familiar como
ninguna que te puedas imaginar.”
El Heraldo dice, “Ven, tengo más que mostrarte.” Regresamos
al pasillo y lo atravesamos. Nos encontramos afuera donde
veo casas que han sido destruidas. Antes eran casas muy
elegantes costando millones de dólares. Fueron destruidas
por incendios, grandes vientos, terremotos, o por objetos
que las aplastaron en pedazos. Estacionados junto a las
casas vi vehículos. Algunos estaban quemados, otros
aplastados. Tal como las casas, esos carros también eran
muy costosos. Observo a los dueños llorar porque habían
perdido todos sus bienes terrenales. Muchos decían, “Éstos
son los juicios de Dios sobre nosotros. Él está enojado
porque no somos fieles a Él.” Mi ángel y yo salimos de esa
área y vamos a otra que también ha sufrido mucha ruina. Me
entero que todo el dinero que esa gente tenía ya no existe.
Las instituciones bancarias habían sido destruidas en las
cosas terribles que habían acontecido. Observo mientras
muchos claman a voces que todo su dinero ha desaparecido.
Entonces me lleva a un área donde, según entiendo, los
habitantes son Adventistas del Séptimo Día. Dios les había
confiado tesoros terrenales. Habían acumulado sus tesoros
en la tierra y ahora clamaban que se les había dado una
oportunidad de ayudar con su dinero, pero que ya no
volverían a tener esa oportunidad. [7]
Observo mientras esa gente se reúne y dice que aunque
habían sido fieles en dar el diez por ciento a Dios, Él les
había quitado todo. Ahora no tienen dinero ni los medios
para reconstruir sus mansiones terrenales ni comprar autos
elegantes. Ellos aprenden que recibieron una oportunidad
para ayudar a los obreros de Dios que necesitaban ayuda
financiera. Dios les dio la espalda y permitió que Satanás
destruyera sus propiedades, tal como lo hizo con Job.
El Heraldo se vuelve hacia mí y dice, “Es importante que el
pueblo de Dios comprenda que, aunque es importante devolver
el diezmo al almacén de Dios, es de igual importancia
comprender la manera en que se están usando los fondos. Si
un individuo está dando dinero y se entera que los fondos
no se están usando conforme a la voluntad de Dios, a ese
individuo se le pedirán cuentas. El Gran Creador ha dicho
que se le debe rendir homenaje a quienes hacen lo que Él
les pide. El Heraldo me explica que muchos donativos son
usados para promover la obra de Lucifer, que consiste en
utilizar el espiritismo desde dentro de la iglesia por
medio de aquéllos que recogen y colocan los fondos en un
almacén. El Heraldo dice, “Ése no es un almacén de Dios.
Quienes dan ofrendas podrán ver la bendición que dan con fe
cuando se deposita en el almacén de Dios.” Ahora veo a
muchos llorando porque han perdido todo. Ya no tienen cómo
contribuir con fe. Algunos tuvieron la oportunidad de dar
una gran porción del talento con el cual fueron bendecidos,
pero quisieron retenerlo. Querían esperar, porque pensaban
que todavía habría tiempo. Ahora ese talento les ha sido
quitado, y no lo podrán compartir. Se me muestra que si
ellos hubiesen sido individuos de fe firme, decididos a
salir adelante con fe, muchos podrían haber sido
bendecidos.
Miro a mi ángel y no tengo palabras para hablar. Por
primera vez no tengo preguntas, sino un gran vacío en mi
ser. Me dice, “Vámonos de aquí, porque muchos no
comprenderán lo que se te ha mostrado. Di a los que no
comprenden que cada uno tiene que orar y pedir la dirección
de Dios para saber a quién y qué apoyar. Deben comprender
que tendrán que rendir cuentas por lo que apoyan y a
quienes apoyan. Repito, debo decirte que les digas que
deben apoyar y rendir homenaje a los que hacen la voluntad
de Dios.” Le digo al Heraldo que éste es un tema muy
controvertido, y que hay mucha confusión respecto al
almacén de Dios. Me llama por mi nombre celestial y dice,
“Ellos deben comprender que tú, como yo, somos mensajeros.
A mí se me instruyó que debía compartir exactamente lo que
he compartido. Tú debes compartir exactamente lo que yo he
compartido contigo. Aquéllos que tengan preguntas se las
deben hacer a quien tiene las llaves del Gran Almacén.”
Regresamos al pasillo y el Heraldo me dice, “Ven y siéntate
aquí.” Nos sentamos y él me toma ambas manos. Me llama por
mi nombre celestial y dice, “Ahora te voy a mostrar algo
que va a turbar a muchos. Te repito, aférrate a tu valor,
aférrate a tu fe, aférrate al conocimiento que el Creador
de todo tiene control completo. Cuando prepares esto, añade
una nota que esto puede ser delicado para mentes jóvenes,
pero la mente madura podrá comprender lo que debo
mostrarte.” Cuando nos ponemos de pie me mira y dice, “Si
tan solo pudieses comprender el amor que tu Creador y
Salvador tiene por ti.” Por primera vez noto que mi ángel
no sonríe, sino que tiene un semblante muy serio. Me doy
cuenta que él no desea ver lo que está por mostrarme.
Atravesamos la pared y me encuentro lo que parece ser una
cárcel grande o algún tipo de centro de detención. Veo
individuos parados en una fila recta larga que se mueve muy
lentamente hacia adelante. Todos los individuos llevan
puesto algo que parece la vestimenta de papel que usan en
los hospitales. Noto que no están tristes, no lloran, ni
están alegres y contentos. Se ven solemnes pero en medio de
un ambiente de paz. Ellos saben y comprenden. Me quedo allí
observándolos un buen rato mientras la línea se mueve hacia
adelante lentamente.
Todos cantan el mismo canto. Lo repiten vez, tras vez, tras
vez. Encuentro que yo mismo comienzo a murmurarlo. El canto
que cantan es “Salvador, a ti me rindo.” Mientras la línea
sigue adelante, comienzo a estudiar y meditar esas palabras
como nunca antes lo había hecho. Ahora están grabadas en mi
mente. “Salvador, a ti me rindo, obedezco sólo a ti. Mi
Guiador, mi Fortaleza, todo encuentro, oh Cristo, en ti. Yo
me rindo a ti, yo me rindo a ti. Mi flaqueza, mis pecados,
todo rindo a ti. A tus pies, Señor, entrego bienes, goces y
placer. Que tu Espíritu me llene y de ti sienta el poder.
¡Oh qué gozo encuentro en Cristo! ¡Cuánta paz a mi alma da!
Yo me rindo a ti.” Mientras estoy ahí de pie, las palabras
se repiten en mi mente. El Heraldo no habla. Ahora me doy
cuenta que estoy aferrado fuertemente a su mano. Sin decir
nada, me mueve para que yo pueda ver el sitio a dónde todos
se dirigen.
Cuando llego, comprendo plenamente. Delante de esa fila
larga de personas hay seis máquinas. Están construidas con
una abertura grande debajo y están situadas una junto a la
otra como camas. La parte inferior es de acero inoxidable
con una juntura en el medio de cada una. Al frente de cada
cama hay barras verticales que se extienden hacia arriba.
Dos están colocadas donde cabe la cabeza de una persona.
Hay una abertura debajo de todas las camas donde están
estacionados camiones grandes. Observo mientras los
individuos se suben, sin resistencia alguna, uno en cada
cama, y se acuestan boca abajo. Rápidamente, baja una hoja
afilada en forma de una V invertida. La cama se abre por la
juntura y el cuerpo cae al camión abajo. Cuando el camión
está lleno, se va y otro toma su lugar. Todo este tiempo
mientras las personas suben a la cama, siguen cantando
“Salvador, a ti me rindo.” [8]
El Heraldo rompe su silencio. Me llama por mi nombre
celestial y, por primera vez en un buen rato, miro su
rostro. Veo un chorro de lágrimas que corre por sus
mejillas y hoyuelos. Me dice que vuelva a mirar. Observo
que ángeles santos rodean a cada uno de esos individuos. Me
dice, “Jesús los podría librar a todos con sólo una
palabra, pero lo que ves tiene que pasar. Observa
cuidadosamente.” Mientras miro, veo que cada ángel guardián
asignado ha colocado en su brazo izquierdo un manto blanco
reservado para el individuo que acabó de rendir todo. El
manto es blanco puro, pero en la parte inferior tiene un
borde rojo grande. [9] En la mano derecha
tienen una tableta de plata pura con un borde de oro puro,
rodeada de un listón rojo. En la tableta está escrito
Apocalipsis 2:10. [“No tengas miedo de lo que estás por
sufrir. Te advierto que a algunos de ustedes el diablo los
meterá en la cárcel para ponerlos a prueba, y sufrirán
persecución durante diez días. Sé fiel hasta la muerte, y
yo te daré la corona de la vida.”] El ángel guardián toma
el manto y se lo aprieta al pecho, como para mostrar amor y
adoración hasta que esa persona sea resucitada de la muerte
a vida eterna. Entonces esa persona será vestida de este
manto muy especial. Mi ángel dice que es hora de irnos.
Regresamos al pasillo donde nos sentamos un rato en
silencio. Ninguno de los dos decimos nada. Después de un
rato, él dice, “Todavía hay más que debo mostrarte.” Nos
ponemos de pie y caminamos al costado del pasillo, donde
atravesamos. Ahora estamos parados afuera de una tienda de
comestibles. Observo mientras mucha gente camina a la
tienda y muestra una tarjeta. Creo que debe ser una
tarjeta de membrecía que les permite entrar. Noto que
algunos son rechazados, porque no tienen una tarjeta. El
Heraldo y yo comenzamos a caminar hacia el edificio. Al
acercarnos, su apariencia vuelve a cambiar a la de un
hombre. Atravesamos la pared de la tienda y comenzamos a
caminar adentro, notando que hay poca mercancía en los
estantes.
Nos dirigimos a donde está la panadería y vemos que no hay
pan fresco. Le pregunta a la mujer que está detrás del
mostrador de la panadería por qué no hay pan fresco. Ella
se ríe y dice, “Ya no recibimos pan. Aquéllos que compraron
trigo y pueden moler su propia harina ahora viven como
reyes, porque pueden hacer su propio pan.” Seguimos
caminando alrededor de la tienda y vemos que no hay mucho
en los estantes. Vemos un empleado de los que colocan
provisiones. Le preguntamos por qué hay tan poca mercancía
en los estantes. Nos explica, “A los camiones les es
difícil llegar porque las carreteras están destruidas y no
hay combustible para los vehículos. El poco combustible que
hay es muy caro. De todos modos, sólo nosotros, los
selectos y escogidos, podemos obtener provisiones.”
Entonces nos dirigimos hacia el frente de la tienda y vemos
a las personas que están listas para pagar por los
artículos que pudieron encontrar. Al prepararse para pagar,
nuevamente muestran su tarjeta. El cajero mira la tarjeta y
entonces a la persona y entonces la pasa por la máquina. El
Heraldo se acerca y de alguna manera obtiene una de las
tarjetas para mostrármela. La miro cuidadosamente. Tiene la
foto del dueño de la tarjeta. Junto a la foto aparecen su
domicilio, una serie de números, una filigrana especial, y
sellos de seguridad. Le da vuelta a la tarjeta y leo lo que
está escrito en letras muy grandes, “El portador de esta
tarjeta acepta y observará el Día Nacional de Reverencia.”
Al pasar a lo largo de dos o tres cajas registradoras oigo
un alboroto. Una mujer junto a nosotros dice, “Es uno de
ésos que no quieren guardar con reverencia el día de Dios –
los sabatistas. Son la plaga de la tierra. Estoy impaciente
hasta que los exterminen a todos.” El Heraldo dice, “Es
hora de irnos.”
Atravesamos la pared y, al atravesar el pasillo, el Heraldo
nuevamente se convierte en un ángel. Entonces nos
encontramos a un área donde puedo ver a la gente, pero
ellos no nos pueden ver. Me doy cuenta que son Adventistas
del Séptimo Día, pero no los reconozco. Están en sus
hogares, pero es como si yo estuviera en muchos hogares,
todos a la vez. Observo mientras toman la decisión de
aceptar la tarjeta del Día Nacional de Reverencia. [10] Explican que necesitan la tarjeta para poder
hacer los pagos para la casa y el automóvil, para comprar
comida y pagar sus cuentas. Deciden aceptar la tarjeta y
hacer el culto en privado los sábados, pero también guardar
el Día Nacional de Reverencia, tal como se requiere. El
Heraldo se dirige a mí y dice, “Olvidaron elegir hoy a
quién van a servir. Ven.”
Atravesamos el pasillo y ahora estamos parados en una
calle. Veo autos haciendo fila en las estaciones de
gasolina. La línea se extiende desde los surtidores de
gasolina hasta la entrada y sigue a lo largo de la calle.
Por todas partes veo autos estacionados. Algunos son casi
nuevos y algunos son autos deportivos muy elegantes. Las
llaves todavía están en el encendido y las puertas están
abiertas. Veo a un hombre que camina cerca y el Heraldo me
da permiso para hablar con él. Le pregunto al hombre por
qué están abandonados esos autos. Me contesta, “Una razón
es que no hay gasolina, y si la hubiese, nadie la podría
pagar. Aunque hubiese gasolina, los caminos están tan malos
que no se puede manejar en ellos. Todo el transporte está
paralizado hasta que puedan eliminar el problema de esa
gente que odia a Dios. Todos estos problemas existen a
causa de esa gente que no quiere aceptar un Día Nacional de
Reverencia. Una vez que ellos no existan, las cosas
volverán a ser maravillosas otra vez. [11] Claro está, eso va a costar mucho esfuerzo,
pero con tal que guardemos ese día reverente, Dios ha dicho
que nos va a bendecir.” “Un momento,” le pido, “¿Es que
Dios les ha dicho que los va a bendecir si guardan el Día
Nacional de Reverencia?” El hombre me da una mirada extraña
y pregunta, “¿Es usted uno de esos que guarda el sábado?”
El Heraldo dice, “Es hora de irnos.”
Ahora estamos en el pasillo nuevamente. El Heraldo dice,
“Lo que te muestro ahora te estaba mostrando cuando Becky
te despertó del sueño. Entonces permiso fue dado para
compartir un poco de lo que te fue mostrado entonces.”
Atravesamos la pared y ahora estamos visitando áreas
pequeñas en distintas partes del país. Hay personas con
llagas terribles, grandes y rojas, pero blancas en la parte
superior. Parecen ser furúnculos que hieden peor que
cualquier cosa que jamás haya olido. Esas llagas les cubren
el cuerpo y se retuercen en dolor extremo. [12] Hay grupos aislados de personas que tienen
ese mal. Se han establecido hospitales especiales para esas
personas. Al viajar a hospitales en distintas partes del
país, comprendo que lo mismo ocurre alrededor del mundo. El
Heraldo dice, “Es hora de irnos.”
Regresamos al pasillo y vamos hacia la pared. La
atravesamos y, nuevamente, recuerdo este lugar. Ahora estoy
afuera en un campo grande. Miro hacia arriba a lo que
parece ser una pantalla de autocine. El ángel dice,
“Repito, lo que te voy a mostrar es de suma importancia.”
Me dice que vea la pantalla. Veo lo que pudiera ser una
película de la portada de una Biblia. Las palabras “SANTA
BIBLIA” brillan en oro y debajo aparece en letras más
pequeñas, “Versión King James.” La Biblia se abre a Éxodo
20. La pantalla cambia y las palabras de la ley de Dios se
ven en negrilla, claras y muy fáciles de leer.
El Heraldo dice, “Dios mismo escribió esto, y es muy
importante. Acuérdate de lo que dice.” El cuarto
mandamiento se torna más reluciente y delineado. La palabra
“ACUÉRDATE” sobresale del resto del versículo. Miro
al Heraldo y me dice, “El pueblo de Dios necesita recordar
esto, especialmente en los días futuros. Diles que elijan
hoy mismo a quién van a servir. Si eligen a Dios el Padre,
entonces eligen guardar su ley. Si eligen la ley de los
hombres, eligen a Lucifer.” Me dice que mire hacia el
cielo, donde veo escrito en letras blancas y brillantes,
“Josué 24:15.” [Si a ustedes les parece mal servir al
Señor, elijan ustedes mismos a quién van a servir: a los
dioses que sirvieron sus antepasados al otro lado del río,
o a los dioses de los amorreos, en cuya tierra ustedes
ahora habitan. Por mi parte, mi familia y yo serviremos al
Señor.”] Me dice, “Es hora de irnos.”
Regresamos al pasillo y el Heraldo dice, “Todas las cosas
que te acabo de mostrar te las he estado mostrando ya hace
varios meses. Se me había instruido que debías compartir
esto a su tiempo debido. Ahora es el momento de
compartirlo. Pero, antes que despiertes, tengo una cosa más
que debo mostrarte. Ya se te lo ha mostrado, pero ahora lo
vas a recordar. Lo que verás ahora es para todo el pueblo
de Dios. Lo vas a necesitar para darte ánimo.” Caminamos
hacia la pared y la atravesamos.
Entonces el Heraldo y yo volamos a la puerta del cielo. Al
acercarnos, miro hacia abajo y reconozco el inmenso valle
bajo nosotros y veo la muralla del cielo. Noto la viga
cuadrada colocada sobre las columnas y encima de la
muralla. Las columnas y la viga son translúcidas, y es
imposible describir su belleza. Luz emana de la muralla, y
es tan bella que no hay palabras para describirla. Al
seguir volando, veo el templo para los 144,000, como
también muchos otros edificios y mansiones. El Heraldo dice
que cada una ha sido construida específicamente para cada
individuo, y que no hay dos iguales. Me cuenta del estante
para la corona que tiene cada una. Al mirar hacia abajo,
veo millones y millones de mansiones. Le pregunto al
Heraldo cuántas hay. Sonríe y dice, “Una para cada uno de
los hijos de Dios.”
Seguimos volando sobre inmensos parques y praderas. La
fragancia hermosa que detecto de las flores es muy
emocionante. La hierba es de un verde hermoso, vivo y se
mueve como si fuera una corriente del mar. Me esfuerzo por
pensar de palabras que puedan explicar las cosas que veo y
huelo, pero no hay palabras que lo justifiquen. Veo hacia
dónde nos dirigimos y le pregunto al ángel si vamos a la
Ciudad Santa. Me contesta, “Sí, se me ha indicado que te
lleve allá, porque hay algo que debo mostrarte.” Hasta
ahora, sólo he visto el área a las afueras de la ciudad que
está dentro de la ciudad. No soy capaz de hallar palabras
propias para explicar el tamaño de todo. Sé que la muralla
del cielo mide unas 1,500 millas [2.400 km], y que para
llegar al centro de la Ciudad Santa dentro de la ciudad son
unas 700 millas [1.120 km], pero el tamaño es abrumador.
Todo es mucho más grande de lo que existen palabras para
describirlo.
Ahora nos dirigimos a la Ciudad Santa. Yo comienzo a
volar más y más velozmente. Ese lugar tiene algo que me
atrae. Muchos, muchos ángeles emocionados se forman en
filas mientras nos acercamos rápidamente a la Ciudad Santa.
Al reducir la velocidad y acercarnos al suelo, veo fluir
agua hermosa y cristalina. Nuestros cuerpos hacen una
rotación y nuestros pies suavemente tocan el suelo.
Comenzamos a caminar y veo el río hermosísimo con el agua
más pura que jamás haya visto. El fluir del agua suena a
santidad. Más adelante veo un árbol de gran belleza. Tiene
dos troncos, uno en este lado del río y el otro al otro
lado del río. Noto que ese árbol lleva muchas clases
distintas de fruta. Aun las hojas del árbol tienen un
aspecto delicioso. Repito, no puedo hallar palabras
apropiadas para describir lo que estoy viendo. A lo largo
del río hay muchos, muchos árboles más que añaden a la
belleza de todo. Me doy cuenta que a Dios le gustan los
animales, ya que hay tantos caminando alrededor. Por todas
partes veo un amor sin límites.
Mientras el Heraldo y yo caminamos a lo largo del río, a lo
lejos veo el sitio de donde proviene el agua. Mirando al
Heraldo le digo que tengo que ir allá rápidamente. Me
sonríe y dice, “Como tú estás bajo mi cuidado, vayamos
juntos.” Ascendemos del suelo y volamos rápidamente al
sitio de donde sale el agua. Brota de un trono hermosísimo.
No hay palabras para describir su belleza en forma
adecuada. Volviéndome hacia el Heraldo expreso cuán bello
es. Me dice, “Voltea y mira otra vez.” Me volteo y veo a
Jesús sentado en el trono. Se para y camina sobre el río
hacia donde yo estoy. Los ángeles que acompañan a Jesús lo
visten con un manto morado y listones. Un ángel coloca un
cetro en su mano derecha y otro coloca sobre su cabeza una
corona dentro de una corona. Él viene hacia mí y yo me
postro a sus pies y le digo cuánto le amo. Me llama por mi
nombre celestial y me dice que quiere que le diga a su
pueblo que “pronto todo esto pertenecerá a ustedes para que
lo disfruten por toda la eternidad. Pronto terminarán todas
sus tristezas. Él dice, “Ya no habrá más muerte, dolor,
sufrimiento ni llanto. Pido a cada uno de mi pueblo que
escoja a quién van a seguir. Todo lo que te he mostrado es
para ayudar, pues pronto muchos enfrentarán dificultades,
soledad y persecución. Ellos harán eso en mi nombre, y yo
escribiré mi nombre en sus frentes. Pueblo mío, sean
firmes. Aférrense a la fe que ya voy, y que tengo una gran
recompensa esperándoles. Ustedes y yo disfrutaremos y
viviremos juntos por toda la eternidad. ¡Cuánto anhelo el
momento cuando pueda ir a buscarlos y traerlos al hogar.”
Mira al Heraldo y le dice, “Gracias.” Jesús se da vuelta y
se aleja con su grupo grande de ángeles acompañantes.
De pie con mi mano en la del Heraldo, quedo mudo y
asombrado de lo que acabo de ver y oír. Siento distintas
emociones. Lo único que puedo decir es, ¡cuán grande es el
amor de mi Salvador! Y ¡cuán gran amor hacia alguien como
yo. ¡Oh, si tan solo tuviese palabras del cielo para contar
la alegría que siento! Miro al Heraldo y con lágrimas en
mis ojos le digo, “Ven, Rey Jesús; ven Rey Jesús a
llevarnos al hogar.” El Heraldo me mira y dice, “Es hora de
irnos.” Me dirijo a él y le ruego que por favor me deje
permanecer más tiempo. Al despegar del suelo, aumenta el
dolor de mi alma. El Heraldo sonríe y dice, “Tú sabes que
si permaneces fiel a Jesús, muy pronto estarás aquí, y no
será un sueño. Debes darte cuenta que esto es un sueño y
que lo que Dios ha planeado es aún mejor de lo que se te ha
mostrado en un sueño.” Yo sigo mirando hacia atrás mientras
nos apartamos de la ciudad celestial.
Pronto regresamos al pasillo. El ángel me instruye que yo
debo comenzar a preparar lo que se me ha mostrado. Él dice
que aunque es muy largo, yo voy a poder recordar todos los
detalles, porque el Espíritu Santo está obrando
conmigo. Coloca sus manos sobre mis hombros y me
dice, “Sé valiente y aférrate a la verdad. Comparte lo que
se te ha mostrado. Confía que éste mensaje es de Jesús. Te
volveré a ver, porque tengo más que compartir contigo, pero
sé paciente y espera.” Lo miro y le pregunto, “¿Me permites
hacerte una pregunta más antes que te vayas?” Él dice,
“Puedes preguntarme.” Le digo, “Me has dicho que te llame
el Heraldo. ¿Es tu nombre Gabriel?” Me sonríe y dice, “Como
te he dicho antes, quién yo soy no es importante. El nombre
del que todos deben desear conocer es el del Gran Juez. Ése
es el único nombre del cual todos debieran hablar y desear
conocer.”
- Lucas 12:6,7 ¿No se venden cinco gorriones por dos moneditas? Sin embargo, Dios no se olvida de ninguno de ellos. Así mismo sucede con ustedes: aun los cabellos de su cabeza están contados. No tengan miedo; ustedes valen más que muchos gorriones.
- Mateo 24:38,39 Porque en los días antes del diluvio comían, bebían y se casaba y daban en casamiento, hasta el día en que Noé entró al arca; y no supieron nada de lo que sucedería hasta que llegó el diluvio y se los llevó a todos. Así será en la venida del Hijo del hombre.
- Evangelismo, p. 26 ¡Ojalá que el pueblo de Dios tuviera una noción de la destrucción inminente de millares de ciudades, ahora casi entregadas a la idolatría!
- Patriarcas y profetas, p. 101 Cuando se unan los rayos del cielo con el fuego de la tierra, las montanas arderán como un horno, y arrojarán espantosos torrentes de lava, que cubrirán jardines y campos, aldeas y ciudades. Masas incandescentes fundidas arrojadas en los ríos harán hervir las aguas, arrojarán con indescriptible violencia macizas rocas cuyos fragmentos se esparcirán por la tierra. Los ríos se secarán. La tierra se conmoverá; por doquiera habrá espantosos terremotos y erupciones.
- Last Day Events [Sucesos de los últimos días], p. 255 No siempre es sabio pedir la sanidad incondicional… Él sabe si aquéllos por los cuales se ofrecen peticiones serían capaces de soportar la prueba y tribulación que les sobrevendría si viviesen. Él conoce el fin desde el principio. A muchos se les permitirá descansar antes que descienda sobre nuestro mundo la prueba terrible del tiempo de angustia. [Traducido]
- El conflicto de los siglos, pág. 703 Los justos vivos son mudados "en un momento, en un abrir de ojo". A la voz de Dios fueron glorificados; ahora son hechos inmortales, y juntamente con los santos resucitados son arrebatados para recibir a Cristo su Señor en los aires. Los ángeles "juntarán sus escogidos de los cuatro vientos, de un cabo del cielo hasta el otro". Santos ángeles llevan niñitos a los brazos de sus madres. Amigos, a quienes la muerte tenía separados desde largo tiempo, se reúnen para no separarse más, y con cantos de alegría suben juntos a la ciudad de Dios.
- Mateo 6:19,20 No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar.
- Apocalipsis 20:4 Entonces vi tronos donde se sentaron los que recibieron autoridad para juzgar. Vi también las almas de los que habían sido decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios. No habían adorado a la bestia ni a su imagen, ni se habían dejado poner su marca en la frente ni en la mano. Volvieron a vivir y reinaron con Cristo mil años.
- Primeros escritos, p. 18-19 En el trayecto encontramos a un grupo que también contemplaba la hermosura del paraje. Advertí que el borde de sus vestiduras era rojo; llevaban mantos de un blanco purísimo y muy brillantes coronas. Cuando los saludamos pregunté a Jesús quiénes eran, y me respondió que eran mártires que habían sido muertos por su nombre. Los acompañaba una innúmera hueste de pequeñuelos que también tenían un ribete rojo en sus vestiduras.
- Mensajes selectos, tomo 1, p. 75 Si alguien creyó en el sábado y lo guardó, y recibió la bendición que lo acompaña, y luego lo abandonó y quebrantó los santos mandamientos, éste se cerrará a sí mismo las puertas de la Santa Ciudad tan ciertamente como que hay un Dios que rige los cielos en lo alto.
- Juan 16:2 Los expulsarán de las sinagogas; y hasta viene el día en que cualquiera que los mate pensará que le está prestando un servicio a Dios.
- Apocalipsis 16:2 El primer ángel fue y derramó su copa sobre la tierra, y a toda la gente que tenía la marca de la bestia y que adoraba su imagen le salió una llaga maligna y repugnante.