La
Cruz
25 de mayo de 2008
por Ernie Knoll
En mi
sueño estoy en un cuarto grande donde hay personas
sentadas. Cuando me doy vuelta, veo al Heraldo entrar por
la puerta. Viene hacia mí y le pregunto quiénes son esas
personas. Me dice que son tenientes. Le pregunto si son
militares. Él me dice que vuelva a mirar. Entonces veo al
grupo grande como si fueran receptáculos limpios,
brillantes cual cristal. Vuelvo a mirar al Heraldo y él me
dice que ser un teniente significa estar “aguardando.” Me
dice que vuelva a mirar y entonces los veo nuevamente como
personas. El Heraldo me dice que son receptáculos limpios
que aguardan ser llenados con el Espíritu de Dios.
Entonces el Heraldo dice, “Ven, por favor. Tengo algo que
debo mostrarte.” Vamos a un lugar afuera que recuerdo del
sueño “Firmes en la verdad.” Nuevamente me encuentro de pie
frente a dos vigas de corte tosco. Cada una mide unas 12
pulgadas (30 cm) por cada costado. Una de las vigas mide
unos 7 pies de largo (2,1 metros) y tiene en el medio un
corte profundo, 12 pulgadas por 6 pulgadas (30 cm por 15
cm). La otra mide unos 12 pies (3,7 metros) de largo con un
corte 12 pulgadas por 6 pulgadas (30 cm por 15 cm) a unos 4
pies (1,2 metros) del extremo superior. El Heraldo dice,
“Tal como te fue dicho, afírmate sobre la madera, porque la
madera es la verdad. Observa con cuidado.” Mientras miro,
dos hombres mueven la viga más larga de manera que yace a
lo largo frente a nosotros. Colocan la viga que mide 7 pies
(2,1 metros) encima de la que mide 12 pies (3,7 metros) de
manera que los dos cortes quedan alineados y ambas vigas se
juntan para formar una cruz.
A la izquierda, dos hombres declaran que son inocentes y
resisten cuando se les obliga a acostarse sobre cruces.
Vuelvo a mirar a la cruz frente a mí y veo a Jesús que se
aproxima. Cuando lo bajan sobre la cruz, Él extiende sus
brazos voluntariamente y se los amarran con sogas. Veo la
sangre cuando clavan sus manos y pies a la cruz. Por su
rostro corren lágrimas. Me mira con los mismos ojos de amor
que he visto antes. Me dice, “Lo que hago, lo hago porque
te amo. Di a mi pueblo que les amo y que hago esto para que
ellos puedan vivir. Diles que recuerden lo que estoy
haciendo por ellos ahora.” El Heraldo y yo tomamos unos
pasos hacia atrás cuando los hombres levantan la cruz y la
dejan caer dentro de un hueco cuadrado, tallado en la
superficie de una piedra. El hueco mide unos 2 pies de
profundidad (0,6 metros) y algo más de 12 pulgadas (30 cm)
por cada lado. Miro al Heraldo y él dice, “Éste es nuestro
Creador, Señor, Maestro, y tu Salvador y Hermano.”
Entonces me doy cuenta que ha pasado un buen rato. Miro
hacia arriba y veo a Jesús inclinar su cabeza. Ha muerto.
Entonces un terremoto tremendo sacude la cruz
violentamente. Me doy cuenta que si no fuera por las sogas
que sujetan a Jesús a la cruz, Él sería lanzado de ella.
Entonces aparece una grieta grande en la piedra al pie de
la cruz. Un soldado se aproxima a Jesús y lanza su espada
hacia arriba, traspasando su lado derecho, justo debajo de
su costilla. Sangre y agua corren por sus piernas hacia el
suelo. Yo espero que se forme un charco. En cambio,
desaparecen por la grieta al pie de la cruz. Le pregunto al
Heraldo adónde va toda la sangre de Jesús. Él responde,
“Eso será revelado para que todos lo vean.” Y señalando
hacia atrás a Jesús, sigue diciendo, “Pero será a su
tiempo.” Vuelvo a mirar al Heraldo y él dice, “La madera es
la verdad. Tu Hermano murió para que tú puedas vivir. Él
dio su sangre para que todos puedan vivir para siempre.
Ven, por favor. Hay más que mostrarte.”
Entonces estoy en un culto en una iglesia. Al frente, un
dirigente va y viene a lo largo de la plataforma hablando
del amor y gracia que Jesús tiene hacia nosotros. Entonces
dice, “Cantemos acerca de eso.” Aparecen palabras en una
pantalla grande. Comienzan a cantar, “Jesús es amor y Jesús
es gracia. Jesús es gracia y amor. Alcemos las manos a
Jesús. Pidamos su gracia. Gracias por tu gracia. Te amamos,
Jesús.” Repiten este canto varias veces mientras la gente
mueve los brazos en alto. El Heraldo dice, “Ven. Quiero
mostrarte otro culto de adoración.”
Entonces estamos de pie en otra iglesia. El pastor termina
su sermón leyendo de la Biblia y de un libro titulado, “El
Conflicto de los siglos. Entonces lee de un libro titulado,
Testimonios para ministros, y dice, “Por esto sabemos que
todos debemos acudir ante el trono de Dios. Invito a los
que desean dedicar sus vidas a Dios por primera vez a venir
adelante. Si alguno quisiera volver a consagrar su vida a
Dios, le invito a pasar adelante.” Cuando mucha gente va
hacia el frente de la iglesia y se arrodilla, el Heraldo me
dice que los mire con cuidado. Llevan dos libros—la Biblia
y un libro titulado, Concesión paulatina. Dice el Heraldo,
“Fíjate que ellos desean un nuevo comienzo. Han leído,
estudiado y visto los errores de sus vidas y ahora desean
volver a consagrar sus vidas a Jesús.” Me doy vuelta y oigo
al pastor animando a otros a pasar adelante para aceptar la
oferta de la sangre de Jesús y aceptarlo como su Salvador.
Son tantos los que pasan, que el pastor pide que todos los
pastores y ancianos presentes en la congregación pongan sus
manos sobre estos individuos mientras él ora.
El Heraldo dice que tiene más que mostrarme. Ahora estamos
en otra iglesia. Observo que varias diaconisas van al
vestíbulo, donde está un carrito para el café. Recogen
muchos pastelitos dulces. Entonces, del carrito toman un
jarro grande plástico lleno de una bebida que imita el jugo
de uva. Van a un salón cercano y allí, mientras conversan
indiferentemente, cortan los pastelitos en trozos pequeños.
Entonces vierten la bebida tipo uva en pequeñas copas de
papel. Vienen diáconos y toman los pastelitos y bebida al
frente de la iglesia. Los colocan sobre la mesa de la Santa
Cena y los tapan con un mantel blanco. Entonces sale el
pastor y relata a la congregación cómo Jesús limpió los
pies de cada uno de los discípulos y que nosotros
debiéramos hacer lo mismo. Pide que los diáconos pasen por
las hileras de bancas y repartan toallitas mojadas para que
cada uno pueda limpiar sus propios zapatos. Entonces el
pastor dice que Jesús, en su amor y gracia, permitió que su
cuerpo fuera quebrantado por nosotros. Él levanta los
pastelitos y los reparten. Varios toman un puñado. Escucho
a alguien quejarse que las mujeres están cortando los
pastelitos en trozos demasiado pequeños. Entonces el pastor
dice que la bebida tipo uva representa la sangre que Jesús
dio por nosotros. Entonces hace que se distribuya la
bebida. Antes de despedir a la congregación, el pastor dice
que los diáconos estarán junto a las puertas de salida con
platillos para recibir ofrendas. Dice a todos que el
colocar una gran cantidad de dinero en los platillos es la
manera de demostrar cuánto aman a Jesús. El Heraldo me
dice, “Ven. Tengo más que mostrarte.”
Ahora estoy de pie en una cocina. Una mujer se
arrodilla frente al fregadero y pide la dirección de Dios
al preparar el pan para la Santa Cena. Se levanta, se lava
las manos y reúne los ingredientes. Después de mezclarlos,
coloca todo en una cacerola y entonces en el horno. Prende
el reloj contador y entonces comienza a lavar los vasitos
para la Santa Cena. Cuando suena el reloj contador, saca el
pan del horno y lo corta en pedazos pequeños. Después de
colocar el pan en una fuente plateada, lo cubre con un paño
blanco, puro y se arrodilla. Ora en voz alta pidiendo a
Dios que bendiga lo que acaba de preparar. Entonces el paño
brilla con blancura viva.
Entonces el Heraldo me llevó a un culto de adoración donde
el pastor dice que es hora de separarse para el lavamiento
de los pies. Explica que hay un salón para las damas, uno
para los hombres, y otro que las parejas casadas pueden
usar en privado. Dice que todos deben tomar el tiempo
necesario y regresar cuando hayan terminado. Se separan y
yo observo primero a los hombres. Antes de lavar los pies
uno al otro, oran y piden que el hermano los perdone por
cualquier cosa que hayan hecho. Piden que Dios dirija el
amor fraternal que gozan. Veo a padres lavando los pies de
sus hijos, y hermanos haciéndolo el uno al otro. Muchos
lloran. Entonces se me muestra el sitio donde están las
mujeres. Antes de lavarse los pies, las madres e hijas oran
juntas. Hermanas oran y se lavan los pies unas a otras. Veo
reconciliar a los que han tenido desacuerdos. Todos parecen
comprender que éste es un momento especial para retener en
la memoria. Entonces observo en el sitio privado la
reconciliación de las parejas casadas. Se piden perdón el
uno al otro y piden a Dios que vuelva a santificar su
matrimonio.
El Heraldo dice que venga y regresamos al templo. El pastor
se pone de pie y dice, “Hoy recordamos la razón por la cual
la mesa de la Santa Cena dice, ‘Haced esto en memoria de
Mí.’” Sosteniendo el pan en alto, dice que simboliza a
Jesús y su venida a la Tierra como nuestro Hermano, cómo
dio su vida por nosotros y murió. También dice, “Al
participar en esto, meditemos sobre el sacrificio que Él
hizo por cada uno de nosotros. Tomémoslo, comámoslo. Éste
es un símbolo de su cuerpo, el cual Él dio para que
nosotros pudiésemos vivir.” Poco después dice, “Aceptamos
este jugo de uva como un símbolo de la sangre que Jesús
derramó por nosotros. Es por medio de su sangre que el Rey
del universo bajó de su trono celestial, extendió sus
brazos y sin resistencia alguna permitió que lo
crucificaran, para que nosotros tuviésemos vida eterna. Al
beber este jugo, recordemos el sacrificio que Jesús hizo
por cada uno de nosotros.” Hay un período de silencio. Miro
al Heraldo y él me dice que me fije en la congregación. Hay
muchos ángeles con sus alas dobladas y sus cabezas
inclinadas en respeto. El Heraldo explica, “Los ángeles
comprenden el sacrificio inmenso que nuestro Creador ha
hecho. La sangre de Jesús, nuestro Creador y nuestro
Maestro, logró la victoria sobre el pecado. Es por medio de
su sangre que Satanás, el que una vez estuvo junto a Dios,
ha sido derrotado. Por medio de la sangre de Jesús tú
puedes ser victorioso. Jesús pide que todos recuerden lo
que Él hizo por ellos. Por medio de su sangre, Jesús
ofreció el sacrificio máximo. Alabado sea Dios, el Señor de
todo, el Creador, y Aquél que se hizo tu Salvador.”
Entonces el Heraldo dice, “En seis días Jesús creó los
cielos y la tierra y descansó en el séptimo. Jesús también
puede destruir la tierra en seis días. Cuando lo haga,
todos descansarán en el séptimo día. El tiempo es corto y
pronto los que detienen los vientos recibirán la
instrucción de soltarlos. Todos sabrán lo que es la ira de
Dios. Arrepiéntanse ahora para que no sean hallados
deficientes e incapaces de arrepentirse de sus pecados. El
tiempo es corto. Miren hacia el oriente y recuerden que su
Salvador viene."